Una cueva llena de murciélagos
Es una cueva con
una importante entrada en forma de U invertida.Piensa en entrar,
pero sin saber por qué, recuerda el homicidio de su hermano.
Nicolás nadaba
tres veces a la semana lo que le permitía manejar bastante bien la respiración.
No era un gran
nadador. Siempre prefería correr antes que nadar.
A la pileta empezó
a ir por un problema de columna. También hay que decir que aprendió a nadar a
los 33 años. La edad de Cristo.
Cuando lo mataron
fue por asfixia mecánica, así lo definieron los médicos forenses. No sirvió de
mucho que manejara bien la respiración.
La cueva sigue acá
y parece que me interroga: qué le puedo decir yo a un pedazo de piedra. Adentro
hay una oscuridad que también pregunta, invita a entrar.
A caso Nicolás
entraría en un lugar así. Solitario y oscuro. ¿No es así la muerte? Solitaria y
llena de oscuridades.
Yo creo que
Nicolás entraría de una. Sin dudar como era él.
Yo dudo. Soy un
dudante. Sí, eso soy y de tanto dudar me quedo siempre en el mismo lugar.
Creo que la duda
es como el miedo. Te deja en el mismo lugar vendiéndote una ficción que allí
estas seguro.
Hay hojas acá
afuera de esta cueva. No hay pisadas ni rastros de que alguien haya estado
aquí.
Voy a entrar. Voy
a dejar de ser ese dudante, Nicolás no va a ser el único decidido en la
familia. Quizás eso llevó a que lo maten. Lo mataron con las manos. Hay que
matar con las manos.
Alguien dijo una
vez que el humano es el único animal que mata a distancia. No fue el caso de
Nicolás, a él lo mataron con las manos. Las manos de un asesino.
Hay demasiada
oscuridad acá. Un olor como a ocre. Lo negro de la oscuridad lo puedo tocar,
nunca vi tanta oscuridad. Es como si me sintiera pequeño en esta noche inmensa
aquí en la cueva.
Soy yo, pero no
tanto. Seré acaso Nicolás atravesando el umbral de la mortalidad. El Nicolás
era creyente. Yo dudante atravesando esta oscuridad midiéndome con el difunto
de mi hermano.
Si le gano, si
logro salir de esta oscuridad podré decir que le gané alguna vez, a pesar de
que él está muerto.
Escucho ruidos
desde el fondo de la cueva y recuerdo cómo me asustaban los ruidos a la noche y
Nicolás se cagaba de risa. Me hacía apropósito, diciéndome que venían los
monstruos por nosotros.
Ahora miro hacia
atrás y veo cada vez más lejos la claridad de la entrada de la cueva. ¿Qué
serán esos ruidos? Parecen aleteos de algo y como pequeños maullidos. Dónde me
metí, todo para ser más que Nicolás.
¿Cuántos metros me adentré en la cueva? Cada vez veo
más chiquita la claridad de la entrada. Es lo único que se ve. Me tengo que dar
vuelta para mirar la u invertida de la cueva.
Sí, la claridad de la cueva está lejos. Estiro mi
brazo para alcanzarla imaginariamente.
La luz es clara con tonos amarillentos y aún conserva la forma de U invertida.
Ahora siento que estoy entre esa luz lejana y el fondo de esta cueva. Abro la
mano derecha y estiro bien los cinco dedos que forman una especie de abanico
antiguo.
Creo que la luz que es entrada y salida de la cueva es
como un espejo. Un espejo lejano que sabes donde está pero no te refracta por
su lejanía.
Los bichos de la cueva siguen murmurando sus
chasquidos. Me dicen que saben que estoy acá. Entonces deseo ser un roedor, un
pariente lejano de estos murciélagos. Moverme al ras de la tierra y los
recovecos de esta cueva inmunda. Saber bien cuándo huir porque suelen decir que
las ratas intuyen el tiempo en que hay que irse. Cuando ya no se puede hacer
más nada.
Una rata saldría sin dificultad de esta cueva. Los
murciélagos temerían a una rata. No sé si se atreverían a morderla.
Si soy un roedor me gustaría ser uno pequeño porque
podría asustar a Nicolás. Ahora que lo recuerdo mi difunto hermano tenía terror
a las ratas. Gritaba y se iba corriendo a la pieza de mamá y papá.
Sí, una buena rata saldría sin inconvenientes de esta
cueva y se adaptaría al bosque de afuera.
¿Habrá ratas en el sepulcro de Nicolás?
Mamá solía dejar en lugares recónditos de la casa el
veneno para ratas, eran de color rosado, parecían pastillitas. Tenían el color
de un chicle. Era potente porque las ratas lo comían de madrugada y al otro día
estaban muertas por cualquier lugar de la casa, mamá las juntaba con una pala y
las tira al tacho de basura.
Esa imagen de juntar los cadáveres de las ratas me
daba un asco terrible, pero me gustaba mirar cuando mamá lo hacía porque era
una forma de asegurarme que no había ratas en la casa.
Son más intensos esos chasquidos y chillidos desde lo
profundo de la cueva. Empiezo a tener miedo y a putearme por qué entré en esta
cueva. Cuando me doy cuenta que una especie de bandada ensordecedora de pájaros
negros se me viene encima, todos chillan a la vez como si ese ruido los guiara hasta
mí. No los veo, pero siento que vienen hacia mí cuerpo, hacia donde estoy
parado. Inmóvil. No hay dudas. Soy yo el punto de encuentro de esos pájaros.
El olor a ocre cada vez es más intenso. No lo soporto
y los pájaros se van a estrellar contra mí. Que horror, no lo soporto. No
soporto el miedo y la desesperación para salir de acá. Los chirridos de estos
animales, su olor, su velocidad para volar. No puede ser, no lo soporto, estoy
atrapado acá.
Qué haría Nicolás para salir de la cueva sin que estos
bichos malolientes lo atrapen.
Qué te pasó. Parece que tuviste una pesadilla. ¿Qué
soñaste? Me pregunta sonriendo en una mueca Nicolás.
Nada…nada. Una pavada. Una cueva con murciélagos y que
vos eras mi hermano y te habían matado.
Ahora
sí Nicolás ríe mientras me pasa el primer mate de la mañana.
Posadas, 16 de mayo,
sábado de otoño.
*Este texto fue parte del Taller de Escritura Creativa realizado en el marco de la Feria del Libro de Posadas (del 4 al 7 de junio 2026)
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