Íbamos a irnos al Chaco en un Fiat 147 cuando aparecieron un par de motochorros y uno de ellos cayó, quedó tendido en el pavimento.
No sé porque tenía
la sensación de que en esa esquina todo era barro. En realidad, era todo
cemento. La habían pavimentado hace mucho. En los noventa o a fines de los
noventa.
Entonces te pedía,
gritaba, me desesperaba para que te apures, que me alcances bajo esa inmensa
lluvia y poder subirme a ese 147 blanco. Yo estaba a unos cincuenta metros de
la esquina.
Creo que en un
momento aceleraste y llegaste hasta mí y cuando quise subir se salió la puerta,
la puerta del acompañante. Como puede logré ponerla nuevamente en su lugar. Haciendo
encajar sus partes como si fuese una puerta de una casa.
Mientras todo eso ocurría el segundo motochorro daba vueltas por la esquina. El mismo lugar donde el primero quedó tendido, sin conocimiento.
En toda la escena
había barro, barro negro, ese barro pesado, barro más barro y mi desesperación
para subirme al auto. Y la lluvia. Esa lluvia bíblica nunca paró. Como nunca
supe si logramos ir al Chaco.
5:47, amanecer,
Posadas (Misiones) enero, 29/2026.
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