Por las noches,
pero aún más en el atardecer. En el ocaso es donde aparece con vida propia esa
nada. Sí, la nada y la desesperación. Así de paradójico es el desequilibrio y
estar en un constante sube y baja.
En la oscuridad de
la noche es más complejo, pesado. Porque de tarde podés salir a correr, nadar,
remar o simplemente salir a caminar. Andar.
Pero de noche cuando pones la cabeza en la almohada es como abrir una cueva llena de murciélagos, un desparramo de oscuridades y malos pensamientos.
Te absorben, te
hunden, te dan ansiedad. Y entonces otra vez esa nada. De nuevo esas ideas sin
sentido o quizás con demasiado sentido humano. Esa ansiedad de la ansiedad y es
cuando deseas algo imposible, porque algo de eso tiene el deseo. Una imposibilidad.
No es lo mismo que una fantasía que sabes que es una irrealidad, algo que está
en otro mundo, en otra dimensión. Un realismo mágico.
El deseo es el
motor que te lleva para ver qué onda más ahí adelante. No desea algo. Se desea
que pase algo. Qué hay en ese vacío llamado destino, vacío porque no sabemos
que nos espera en esa arena de ese desierto que no deja de crecer.
Mi deseo entonces
por las noches antes de dormir, cuando no puedo hacerlo, en medio de esa cueva
llena de murciélagos, deseo en realidad apagarme. Que mi acción pase a modo
apagado.
Apagarme en un sueño
profundo sin soñar en nada. Apagarse como no estar.
Una dosis cada
noche de apagado profundo. Y al amanecer volver a encenderse. Pero mis químicos
en el sistema nervioso central, insisten con la cueva y los murciélagos, la
oscuridad, las ideas malditas. El ácido del insomnio corroe cuerpo y alma
mientras deseo apagarme. Un pharmakon,
que en dosis equivocada podría apagarte por la eternidad.
“esa nada que duele”
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