Un subcomisario de un pueblo perdido en la geografía
provincial atendía en persona los problemas, montado
en su caballo perseguía él
mismo a bandoleros y rateros propios de la comarca que tenían debilidad o sus
estómagos, por las gallinas.
Los atrapaba y a fuerza de submarinos secos y mojados los
hacía confesar el destino de las aves que por lo general siempre era el mismo.
Las ollas de sus madres o esposas.
Salvo los que se comportaban adecuadamente y cooperaban con
la causa del subcomisario, lograban recuperar la libertad pocas horas después
de ser engrillados.
Pero algo empezó a ocurrir en la aldea. A la gente y a los
parlamentarios empezó a generarles mucha desconfianza el comportamiento del
hombre de la ley, sus métodos cada vez eran más feroces al igual que su poder
en la aldea.
Hasta ocurrió una vez en alguna callejuela del poblado los
retó a un par de representantes del parlamento nativo porque el subcomisario
temió o mejor dicho, intuyó, que los hacedores de leyes algo tramaban hacia el.
Sin vueltas les prometió que si eso era así, el calabozo de la comisaría
estaría a disposición de todos.
El gran desvelo del subcomisario era además de controlar el
orden y el cumplimiento de las leyes dentro de los límites de la aldea, el
pensamiento de los aldeanos, para lo cual casi siempre por no decir
constantemente estaba supervisando la salida de la gaceta local, un papelucho
con las novedades del pueblo que surgía a la venta cada cinco o siete días.
Como la zona árida que rodeada a la comarca en cuestión cada
vez estaba siendo más poblada por inmigrantes, el delito y los ataques a la
propiedad empezaban a ascender, el subcomisario quería hacerse de un
colaborador. Le era menester un lugarteniente, un mariscal de campo, un ejecutor
frío como él que lo ayudara en la guerra sin cuartel contra el delito.
Tras unos trámites de rigor logró la incorporación de un
muchacho con rostro apacible, buen talante y uno de los mejores con el máuser y
armas cortas, del poblado.
Pero el joven resultó ser un ex bandolero reclutado por el
subcomisario para quien había cumplido algunos quehaceres hace algún tiempo.
Tareas obviamente al margen de la ley que tanto dice
encarnar el subcomisario.
Revuelo en la comarca por lo ventilado en la gaceta local.
Como todo hombre de acción el subcomisario ni terminó de leer la historia, la
real conocida por él, de su colaborador, que fue en busca del imprentero y
propalador de esas verdades que no deberían haber emergido a la superficie
pública.
-
Me querés cagar la vida vos. Ves lo que estás haciendo.
A los gritos y con la solapa del saco del propietario de la
imprenta y gaceta, en sus manos, lo sacudió como se hace con las bolsas para
verificar si aún queda algo adentro.
-
Porque tengo que darte explicaciones a vos. Todos saben
la otra vida que tuvo ese muchacho, decime si no es así.
Fue la defensa del hombre de las letras impresas. La
respuesta con los labios del subcomisario muy cerca de los de su interlocutor
fueron contundentes.
- Porque yo soy el
que tengo los huevos más grandes acá y más vale que corrijas eso que sacaste.
Del caso no se habló más y el subcomisario siguió
“combatiendo” el delito dentro de los límites de su aldea, acompañado muy de
cerca, máuser en mano, del joven con cara de apacible.
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