Cíclico. Las ondas del oleaje se mecen en esa extraña física
que las impulsa sobre la superficie del
agua. Movidas por el pasar de los
barcos, sus estelas. Las huellas de esos gigantes que avanzan acompasados y al
parecer nunca tienen prisa. Vestigios del romanticismo perdido en la vida
moderna.
Oleaje que mueve a las musas. Las despierta, las baña en su
ir y venir. Un rompecabezas sobre el agua. La analogía de que la existencia de
los mortales está signada por lo cíclico: el amor, luego el desamor. De nuevo
el amor. La vida, después la muerte. De nuevo la vida. Reír, llorar y
viceversa. Odiar, amar, odiar otra vez. Ilusionarse, desilusión; el fracaso, el
éxito; tropezar casi siempre con las mismas piedras. Y el oleaje va y viene con
la cadencia que tienen los sabios. Sin apuro, completamente seguro de sí mismo.
La superficie queda quieta. Muerta tras el paso de las ondas
y es como que todo retoma la calma. ¿Será así la vida? Tras un oleaje regresa
todo a la normalidad. A caso dejan cicatrices las olas. Si dejaran huellas nuestras
vidas estaría tan marcadas como un mapa viejo hecho a mano alzada por un
fracasado buscador de tesoros.
Oleaje. Te busco en las noches. En los ocasos para que
despiertes a las musas que son difusas. Ellas cumplen tu física. Van y vienen,
los navíos que las mueven suelen ser la imaginación. Y todo lo mencionado
antes. A veces el desamor, otras tanta la alegría pero el motor omnipresente de
las musas son las pasiones. El magma hasta ahora inexplicable que nos hace
frágiles. Porque las pasiones representan todos nuestros laberintos con salidas
falsas donde están las contradicciones.
Yo sólo quiero dejarme llevar por el oleaje. Quizás una
fórmula exacta para ir y volver de manera constante en la historia. En la
existencia.
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