viernes, 20 de marzo de 2026

Un deseo, apagarse

 

    Por las noches, pero aún más en el atardecer. En el ocaso es donde aparece con vida propia esa nada. Sí, la nada y la desesperación. Así de paradójico es el desequilibrio y estar en un constante sube y baja.

En la oscuridad de la noche es más complejo, pesado. Porque de tarde podés salir a correr, nadar, remar o simplemente salir a caminar. Andar.

Pero de noche cuando pones la cabeza en la almohada es como abrir una cueva llena de murciélagos, un desparramo de oscuridades y malos pensamientos.



Te absorben, te hunden, te dan ansiedad. Y entonces otra vez esa nada. De nuevo esas ideas sin sentido o quizás con demasiado sentido humano. Esa ansiedad de la ansiedad y es cuando deseas algo imposible, porque algo de eso tiene el deseo. Una imposibilidad. No es lo mismo que una fantasía que sabes que es una irrealidad, algo que está en otro mundo, en otra dimensión. Un realismo mágico.

El deseo es el motor que te lleva para ver qué onda más ahí adelante. No desea algo. Se desea que pase algo. Qué hay en ese vacío llamado destino, vacío porque no sabemos que nos espera en esa arena de ese desierto que no deja de crecer.

Mi deseo entonces por las noches antes de dormir, cuando no puedo hacerlo, en medio de esa cueva llena de murciélagos, deseo en realidad apagarme. Que mi acción pase a modo apagado.

Apagarme en un sueño profundo sin soñar en nada. Apagarse como no estar.

Una dosis cada noche de apagado profundo. Y al amanecer volver a encenderse. Pero mis químicos en el sistema nervioso central, insisten con la cueva y los murciélagos, la oscuridad, las ideas malditas. El ácido del insomnio corroe cuerpo y alma mientras deseo apagarme. Un pharmakon, que en dosis equivocada podría apagarte por la eternidad.

“esa nada que duele”

Fernando Pessoa